
Hasta la fecha maldigo el día en el que te conocí. Pero más me odio a mí mismo por no ser capaz de olvidarlo, ya que toda esa vorágine de emociones que pasé y viví a tu lado se ha quedado clavado como plomizos y pesados cuchillos en mis pies, logrando de esa manera que cada paso que dé esté apuñalado por tu presencia ya atemporal.
Soy un obseso. Sí, lo reconozco, estoy enfermo de algo que tiene nombre, un nombre propio y femenino que no tiene ni diagnóstico, ni hasta el momento cura alguna.
Estaba esperando mi turno en la colapsada barra del pub donde me encontraba con unos amigos, sonaba el tema de U2 "Sunday bloddy Sunday" el cual tarareaba cuando una chica se abrio pasó entre la gente poniendose exactamente delante de mí y dándome su espalda, exactamente era su nuca lo tenía delante de mis ojos. Por un instante me abstraí del tumulto y me quedé fijamente mirando a ese cuello, delicado y aparentemente frágil. Si no te conociera como lo hago, diría que fué magia, pero ahora hasta dudo que algo fuese algo circunstancial. Mirando el comienzo de tu espalda, como si de un aviso se tratase te giraste y tus ojos se clavaron en los míos. Ahí comenzó todo, todo de lo que ahora no me puedo liberar.
Tus ojos, grandes a la par que felinos, no sólo por su color verde-azul-amarillo, eran rasgados y penetrantes. No fuí capaz ni de retirar la mirada, ni de decir nada, en aquel instante comenzó el hipnotismo del que aún hoy soy preso. Acercase tu labios a mi oido y me preguntaste, nos vamos? Y envuelto de tal encanto, de esa dulce y seductora voz balbuceé un -sí-.
Con el tiempo, esa sílaba que tanto dice, fué una constante en nuestra extraña relación, en la que descubrí el sabor de tu piel canela, me perdí en tus caderas, profané con permiso o sin él todas las partes de tu pequeño y perfecto cuerpo y moría una y otra vez sobre tu pecho. A pesar de aquello, de nuestros pasionales encuentros y poco a poco más frecuentes, no sabía nada de tí. De tu vida, al margen de un cuerpo que suplicaba placer y esbozaba comprometedoras sonrisas que me hacían sentir el hombre más afortunado y viril del universo.
Después de cada encuentro, te levantavas y encendías un pitillo mientras te servías una copa de ron o wisky y permanecías desnuda, con tu cuerpo aún brillante de la mezcla de nuestro sudor, eran esos los momentos en los que te preguntaba cosas normales, quería saber a qué te dedicabas, que hacías los días y noches que no nos veíamos, si tenías hermanos... todas esas cosas que necesitaba saber, porque quería conocer a la que hacía y daba todo mi amor y sentimiento durante horas. Pero siempre obtenía una evasiva a cada una de mis preguntas. Al comienzo aquello me pareció normal, creí que eras reservada, que nuestra relación sólo iba a limitarse al sexo...., pero con los meses, se convirtió en una necesidad, porque quería más de tí. Tú lo sabías, porque sonreias y me besabas con el fin de que así cesase en mis preguntas.
Todo transcurría tras una breve llamada que me hacías- puedes venir?- y nunca, a pesar de los compromisos, el trabajo fuí capaz de romper ese -sí- Sólo vislumbraba tu cuerpo cabalgando sobre el mío, tus ojos, tu boca entreabierta, tus pechos turgentes
Hasta que un día, llegué a tu casa, y no estabas sola....

Ya cuando lo leí en tu casa me dejó impresionado. Tienes un don, una facilidad para con las palabras que es encomiable. Te tengo "envidia" sana porque me gustaría ser capaz de expresarme de una manera tan sincera y poética como lo haces tú.
ResponderSuprimir